ABSTRACT

La presencia del lenguaje metafórico en nuestra vida diaria es mucho más frecuente de lo que somos conscientes. Frases como ¿Vamos a tomar una copa? No me hagas perder el tiempo, Veo lo que dices o Está que echa chispas, son expresiones tan cotidianas que el hablante no se percata de que, en realidad, está hablando en términos metafóricos, es decir, usando un concepto en términos de otro con el que en principio no guarda ninguna relación. Si se piensa en un hablante no nativo, deducir el significado de estas expresiones no siempre le resultará una tarea fácil, mucho menos usarlas de manera natural o espontánea. El uso de estas expresiones no se debe al azar. Tras ellas subyacen imágenes y esquemas mentales que establecen una lógica red de ideas que pueden explicar mucho sobre cómo una lengua o una cultura conceptualiza el tiempo, las emociones o entiende ciertos conceptos abstractos. Pero, ¿el uso y la creación del lenguaje figurado son exclusivos de los hablantes nativos? ¿Es posible para un estudiante extranjero llegar a comprenderlas sin pasar por el fatigoso proceso de memorizar listados de expresiones inconexas? En la obra de Lakoff y Johnson (1980) traducida al español como Metáforas de la vida cotidiana, las metáforas se presentan como un producto de la mente que se materializa en el lenguaje. Desde entonces estas han dejado de ser consideradas únicamente como figuras literarias o estrategias retóricas, para pasar a ser vistas como mecanismos fundamentales de conceptualización del mundo que nos rodea y de lo que aprendemos a través de la experiencia. Las metáforas, por tanto, no solo se manifiestan en el plano lingüístico, ya que son producto de la estructuración de nuestra mente, las podemos encontrar en todos los ámbitos de la comunicación humana o expresión de la cultura, como en la publicidad o en el arte.